8.10.04

La Mala (y la Peor) Educación…

Primero, fue el cambio de cine. No es que frecuente las salas de mayor categoría en la ciudad. Pero hay ciertos complejos cinematográficos que prefiero evitar por diversas razones (sobre todo por la falta de calidad y compromiso en el desempeño de la actividad que realizan). Y ese día me toco pisar suelo enemigo, por cuestiones de coordinación y horarios (tratemos de ignorar otro detalle llamado desesperación), y ver en dicho cine “La Mala Educación”, prácticamente la única película que me llamaba la atención de las que se estaban proyectando y que no hubiera visto. Sobra decir que, siendo Almodóvar el director, y después de ver “Hable con Ella” mínimo unas cinco veces y considerarla como una de mis películas favoritas, mi tardanza por experimentar el mas reciente delirio de este tan afamado personaje no se debió a simple y sencilla pereza o indecisión. En este mundo en el que vivo, la mayoría de las veces (al menos en mi caso) la única causa cuyo efecto es la imposibilidad se escribe con un número indefinido de dígitos (dependiendo de la magnitud de la actividad frustrada) precedidos por un signo de pesos.

Esta bien. Con la anterior retórica no despisto a nadie, así que seré lo mas honesto y directo posible: Soy pobre. Así que apenas logré conseguir la cantidad necesaria de dinero y corrí a MM Cinemas (ya lo saben, no se equivoquen). O mas bien, mis padres iban, así que aproveché pensando en la posibilidad de que decidieran pagar los 3 boletos con el mismo billete. Un billete de ellos, claro está. Y afortunadamente para mí, eso fue justo lo que sucedió. Eso sí, ni a mi papá ni a mi mamá les encanta el lugar, pero no son tan dogmáticos como yo, y menos en cuestiones de cine. Pero, por ahorrarme unos cuantos pesos resulté ser menos dogmático de lo que pensaba.

Afortunadamente, mis padres no verían la misma película. Aceptaron, con reservas (como siempre), mi recomendación: “vayan a ver La Aldea”. Yo entre solo a mi sala. Extrañaba esa sensación. Y estuve complacido de sentirme totalmente bien sentado sin nadie enseguida. Bueno, eso fue hasta que me dí cuenta de que la sala estaba repleta de parejas maduras. Tuve una ligera sensación de bochorno cuando se me ocurrió que estarían pensando de ese pelón solitario que entró a ver una película sobre trasvestismo. Lo olvidé al momento al percatarme de los detalles de la sala. La pequeñísima pantalla que parecía estar situada a kilómetros de mi fila de butacas. La hilera de focos de 100 watts (o al menos así se veían) pegados en la pared. Gente que llegaba. Mas parejas: amorosas, amistosas y algunas cuyos limites no de dilucidarían a tan facil vista. Se apagaron los focos (la palabra “luces”, en el contexto, me suena demasiado magnificente). Anuncios. La película comienza. Me gustan los créditos muy á la Hitchcock. La trama empieza a absorberme. Primera escena de sexo. Oral. Zahara le “come la polla” a un “tío” que se queda dormido. Pero antes, justo en el momento del repentino corte a dicha escena, siento un espasmo en la hilera de butacas en la que estoy sentado. Una mujer ubicada a dos asientos, baja violentamente la cabeza hasta las rodillas y dice (con volumen no muy sutil) “¡de perdido, que avisen!”. Después de esto, los diálogos de Almodóvar se mezclan con frases como “¡que asco!”, “¡voy a vomitar!” y “¡ay, no mames!”, por no decir mas.

Para la mitad de la película mis nervios estaban a punto de sufrir un colapso, y desgraciadamente no era por ninguno de los recursos narrativos (muy respetables) que el señor Almodóvar desplegaba frente a mi a través de la pantalla , sino por la bola de estupideces que ese par de mujeres tan dolorosamente cerca pronunciaban. La frase de antología: “malditos jotos, hay muchos, y vas a ver que después de esta película van a haber mas”. Pasaron tantas cosas por mi cabeza después de escuchar esa frase, que no podría enunciarlas todas. Desde un sutil: “me podrías dejar escuchar la película por favor”; hasta un cruento: “a bestias como tu no les deberían dar descanso en la maquila”. Un punto intermedio era: “se equivocaron de sala; la película de trasvestis que ustedes querían ver es White Chicks”. Aunque este último tal vez no las hubiera ofendido. Porque tal vez finalmente eso fue justo lo que hicieron. Entrar a ver "White Chicks". Porque de mi sala huyeron aproximadamente media hora antes de que terminara la proyección. Estuve a punto de gritar “bravo” y aplaudir, al verlas reaccionar algo sensatamente por primera vez en la noche. Pero no soy tan malo. Aún.

Al finalizar la cinta, pude decir que me gustó. Necesito volver a verla en un entorno un poco mas benevolente en todos los sentidos. Pero lo que mas me llamó la atención, aún mas que la película misma, es que su título bien pudo haber sido también el de mi noche. “La Mala Educación”. La mala educación de los mexicanos. La mala costumbre de no tener criterio. La maldita simplificación a blancos y negros de un mundo con tantos matices. La imposibilidad de abrirse ante la diferencia y respetarla, de acoger la diversidad, de ejercer la tolerancia. La incapacidad de crecer, negando y rechazando todo lo que por inusual nos amenace. El conformismo y subordinación a las normas caducas. A los formalismos que no comprendemos, pero que respetamos por comodidad. A nuestra dependencia al catolicismo y otras doctrinas que en lugar de causar la unión provocan mayor segregación y rechazo.

Salí de la sala con un sentimiento agridulce. Ver “La Mala Educación” me costó un boleto a mitad de precio pagado por mi mamá. Ver la peor educación fue gratis. Y sé que, para mi desgracia, no será la última vez que la experimente.

27.9.04

Arte y Libertad de Expresión... O algo así.

El que el arte trascienda las barreras del tiempo y el espacio es un fenómeno inexplicable, incalculable e impremeditado. El mundo cambia. Los contextos de vida de los seres humanos de cada generación son distintos. Sin embargo los grandes temas son y serán los mismos siempre. Frecuentemente, los precursores de cualquier ciencia, arte o argumento deben soportar los embates de puristas, moralistas, mercantilistas, oscurantistas, y demás retrogradas que existen y seguirán existiendo en cada época.

La “censura” es un tema que aún hoy en día levanta controversia (aunque suene paradójico). ¿Hasta donde puedo expresarme sin que eso signifique herir la integridad de los demás? ¿Es válido que te exija silencio solo porque me lastimas (o porque me incomodas, o porque pones en “jaque” mis intereses)? Estas son preguntas con muchas o ninguna respuesta. Sin embargo, la última palabra la tienen siempre los cabecillas de las organizaciones que se dedican a “regular” la libertad de expresión. Habría que preguntarse también si dicho fenómeno, la libertad, de expresión o de cualquier tipo, es un “ente” regulable o medible.

El hecho de decidir qué es lo que la gente debe (o puede) escuchar, leer o ver, implica un acto de generalización en el que parecería partirse de la idea de que la sociedad no esta compuesta por individuos diversos en ideologías y sensibilidades. Si se defiende el derecho de un 70% de la población de no querer tener acceso a cierta información (llamémosle así a cualquier tipo de manifestación verbal, escrita, auditiva o visual) por medio de la prohibición de su publicación, se estará violentando también el derecho del porcentaje restante de la población a la que si le interesa tener acceso a dichos datos por motivos diversos.

Cuando se evalúan las posibilidades, alternativas y resultados del proceso de “censura” nos damos cuenta de que lo que la prohibición de una información particular facilita para la población a la que esta dirigida (o sea, los sujetos conservadores) es únicamente la “elección”. Suponemos que esta actividad, es decir, el elegir concienzudamente si se abren o cierran los ojos o si se escucha o se deja de escuchar, para muchos podría resultar una molestia o una actividad en extremo exhaustiva, e imaginamos que en este supuesto yace la utilidad de la censura. Sin embargo, mediante este proceso, las personas que si están dispuestas (e incluso ansiosas) a ser destinatarios y procesadores de información riesgosa (subversiva, revolucionaria, anárquica, o simple y planamente diferente) quedan desprovistas tajantemente del derecho y la posibilidad de recibirla.

Tomando en cuenta que el problema consiste en la presunta incapacidad o indisposición de cierta parte de la sociedad para darse a la tarea de elegir lo que quiere o puede ver o escuchar (situación que sería la natural y lógica en un mundo perfecto en el que las posibilidades fueran infinitas y la diversidad no se percibiera como algo amenazador) me doy cuenta de que este proceso es injusto para aquellos que necesitan experimentar una vida autónoma, misma que se vive, entre otras cosas, a través de la libre relación de la persona con su medio ambiente y del enriquecimiento que resulta su exposición a las manifestaciones de sus semejantes. Y es que es vergonzoso que aún en estos tiempos se utilice tal recurso que no es mas que un descendiente demasiado directo (y escondido bajo diversas banderas y logotipos) del Oscurantismo Medieval. Lo más lamentable es que este fenómeno se experimenta en todos los campos y niveles, de diversas maneras y en mayor o menor intensidad.

Mi postura personal al respecto: en contra. Me gusta pensar que los seres humanos somos capaces de asimilar nuestras diferencias, y pienso que el mayor y único valor que se debería seguir al pie de la letra es el respeto. Pero “respeto” no significa no tocar puntos sensibles, sino tener conciencia de que todos tenemos el derecho de tomar una postura intelectual particular sobre cualquier asunto, por mas que aquella difiera de la propia. Realmente pienso que con la “libre expresión” (por llamar a la no-censura de alguna manera) se apela a los valores mas altos de la humanidad, es decir, se tiene confianza en que podemos lograr un mundo diverso pero pacífico, al formar el criterio de los individuos haciendo uso de la tolerancia. La censura es sofocamiento y represión. Y lo peor, es una manera estupida de menospreciar al ser humano, al echar por tierra siquiera la posibilidad de ejercicio (o existencia) de su mayor atributo: el raciocinio.

Me prometí...

Me prometí a mi mismo ya no esperar más. Dejar de buscar una señal en el cielo que me haga levantarme. Permitir a mi fuerza fluir y derramarse de mi pecho. Me prometí que cortaría el cordón que me une a las cosas que me debilitan. Que empezaría a vivir. Pero aquí sigo. Igual que antes de que mis dos manos hicieran en vano un pacto de sangre.

Me prometí estar bien. No solo tratar de olvidar las cosas que podrían estar mejor. ESTAR BIEN. Sacudirme el tedio. Huir de la prisión auto-impuesta. Volar tomado de las riendas del viento. Reír. Llorar. Bailar al compás de los susurros de mis pensamientos. Dejar de “ser una hormiga”. Pero aún me sujeto a esta silla. Aunque mis pies quieran correr.